Esa "cosa" es lo que hace cantar al tomeguín del pinar

martes, 30 de marzo de 2021

Carta al Presidente Joe Biden

 



Señor Presidente de los Estados Unidos, los Animalistas cubanos le escribimos para pedirle que elimine de una vez el bloqueo que por más de seis décadas su país le ha impuesto a Cuba y les ha limitado la vida a los ciudadanos cubanos. Es una petición razonable que en estos momentos muchas personas en el mundo están solicitando de una forma u otra, y creo que debe ser escuchada por quienes tienen el poder en sus manos de tomar esa decisión y un pensamiento inteligente. Son momentos de cambios y de tender puentes, no de crear odios ni fomentar guerras estúpidas. Basta ya es la idea y es la consigna que se enarbola en cada caravana contra el bloqueo que cruza nuestros paisajes. Sabemos que en momentos de crisis algunos luchan por encontrar soluciones, pero hay otros que siempre buscan la manera de echarle la culpa a alguien, no sea usted de estos últimos. Muchas gracias por atender nuestra carta.
Animalistas de Cuba

Letter to President Joe Biden

Mr. President of the United States, we Cuban Animalists are writing to ask you to eliminate once and for all the blockade that your country has imposed on Cuba for more than six decades and has limited the lives of Cuban citizens. It is a reasonable request that at the moment many people in the world are requesting in one way or another, and I believe that it should be heard by those who have the power in their hands to make that decision and intelligent thinking. These are times of change and of building bridges, not of creating hatred or fomenting stupid wars. Enough is the idea and it is the slogan that is raised in each caravan against the blockade that crosses our landscapes. We know that in times of crisis, some struggle to find solutions, but there are others who are always looking for a way to blame someone, not you. Thank you very much for attending our letter.
Animalists of Cuba

 

martes, 20 de octubre de 2020

La ética como la vida


Por Elsie Carbó

ecarbo@enet.cu

Pocas veces pensamos en qué es la ética y cómo puede formar parte de nuestras vidas. Les pongo el ejemplo de un pasaje de una novela brasileña Cosa más linda, recién estrenada los sábados en nuestra tv, y que viene al caso porque cuando el crítico de música declina la invitación de la dueña a pasar al local y ocupar una buena mesa reservada, obviando hacer la fila y pagar su entrada, está dejando muy claro su mensaje de que no admite ser sobornado si tuviera que emitir un criterio incómodo sobre el negocio. Y eso es una posición ética ante la vida. Muy plausible si lo vemos como un principio indeclinable para cualquier profesión, sea en la prensa, dirigente o funcionario público, en las que tendremos que poner por delante esos valores asimilados, que muchas veces, son aprendidos en el devenir de la existencia, porque ni escuelas, ni universidades tienen cátedras para enseñar tales principios.

La ética en el periodismo es la base de la formación de los que abrazamos la profesión como una forma de vida, es decir la verdad por encima de cualquier cuestionamiento o compromiso, pero eso solo se asume por espontánea decisión en virtud de una voluntad de servir con honor. Quizás la primera vez que escuché hablar sobre ética fue a aquellos improvisados profesores en la escuela de corresponsables de Juventud Rebelde finalizando la década de los 60, improvisados porque venían de diarios como La Tarde, o La Marina, y nunca habían dado clases en sus antiguas redacciones, sin embargo, asumieron la tarea que le daba la nueva dirección con mucha seriedad y diplomacia, me gusta mencionar a Orestes Cabrera en sus clases de tipografía, con aquel su fino humor para describir lo que no le gustaba,  o a Guillermo Lagarde,  quien a su pesar resultó un maestro de varias generaciones de periodistas, aunque hosco y regañón, no le hacía gracia que lo tacharan de maestro, sin embargo, en virtud de esas clases se forjaron muchos de los jóvenes que más tarde elevaron al periódico a etapas prominentes en el panorama nacional, quienes me lean saben bien de lo que hablo, no solo quienes tuvieron en sus manos la conducción del periódico como Angel Guerra, Luis  Camejo, Jorge López o Jacinto Granda, por mencionar solo algunos de aquella etapa, sino los que con la máquina de escribir dejaron la crónica diaria como constancia de lo que ocurría en un país en Revolución.

Ahora se celebra un aniversario más de Juventud Rebelde, y me parece justo rememorar aquellos provisorios cursos que se organizaban para formar corresponsales, algunos, como Ramón Brizuela aún todavía están activos en sus provincias, otros, como yo, luego de 40 años asumimos la jubilación, con y sin nostalgia, pero si me preguntan creo que también eso es parte de la ética del periodismo, no renunciar a escribir nunca dondequiera que estés. Aquellos cursos y después las maestrías para hacer las carreras universitarias de periodismo fueron el embrión de los que es hoy Juventud Rebelde, no podría describir en unas pocas palabras la mezcla de sensaciones por las que una pasaba al saber que ibas a hacer la carrera universitaria y trabajar, si así se decidía, en tu provincia de origen, o en la propia redacción, que para ese entonces radicaba en Prado, frente al mismísimo capitolio, en lo que fuera el antiguo diario de La Marina.

Empecé con el ejemplo de una novela para hablar de ética, pero más que eso quería rendirle homenaje a aquellos que colaboraron con la formación de los periodistas en varios cursos de corresponsales, cinco, si mal no recuerdo, por donde pasaron  Soledad Cruz, Lázaro Barredo, Maritza Barranco, Amado de la Rosa, Nelson García, Aldo Madruga, Xiomara Hernández, Jacinto Granda, Mireya Ojeda, y otros que me perdonarán si no los cito, pero como el más visible era Lagarde, en su condición de experto en el lead no hallo términos medios. Nunca escatimaba epítetos ni coletillas para señalar los errores o equívocos en los que se incurriría por la falta de eso que llamamos ética en el desempeño de la profesión, tal vez pocas veces pensamos en qué es la ética y cómo puede formar parte de nuestra existencia, e irremediablemente tengo que evocar sus palabras cuando decía que la vocación de periodista era la más sufrida del mundo, pero también era la que más emociones y momentos imperecederos te depararía en tu carrera por la vida.

domingo, 30 de agosto de 2020

De la vez que fui a ver un concierto de Merceditas Valdés

 

Por Elsie Carbó

ecarbo@enet.cu

Érase una vez en el barrio de Jesús María. Merceditas Valdés iba a cantar con el conjunto Yoruba Andabo. Un imán de concierto para los amantes de la rumba. Yovanni del Pino, su director y mi amigo, me había avisado con antelación, e invité a mi amiga Luz María Landrián, recién coronada como Iyabó, para que me acompañara, sin imaginarnos ni por un instante el inminente pánico que pasaríamos bajo un tiroteo con balas de verdad y ladrillos de construcción.

Merceditas como siempre, regia con su vestido de Ochún, expresiva y sonriente, del brazo de su anciana madre, que por aquella época aún la seguía a todas partes, fue repartiendo besos y abrazos entre los invitados que se acomodaban en sillas en el amplio espacio del liceo, donde la noticia de un toque de rumba aspaventaba a la comunidad. Merceditas iba de un lado para otro con aquel andar perfumado y radiante, saludando a los músicos con los que iría a actuar, empezando por el reconocido compositor Calixto Callava, Fariñas, cantante del grupo, quizás el mejor intérprete en hacer la diana del canto, Pancho Kinto, su excelencia en los cajones, Chan y el propio Yovanni, entre otros de los integrantes del conjunto, quienes ya se acomodaban en la plataforma para dar inicio al espectáculo cuando sonó el primer disparo, que no era de nieve.

En un primer momento la multitud quedó en vilo, paralizada de terror porque sospechaba lo que vendría atrás, yo sí no estaba enterada, luego no supe más, en la confusión no entendía por qué aquel desafuero, ni el segundo disparo o los siguientes, pero logré divisar a mi amiga Luz María rodando por el piso y encomendándose a sus santos, mientras trataba de proteger con su voluminoso cuerpo a la madre de Merceditas, que había sido arrastrada por el gentío exaltado, que corría de un lado para otro tratando de refugiarse, primero de los disparos y después de los ladrillazos, que no sabría decir cuales eran más letales. Yo tuve verdadera conciencia del riesgo cuando vi a Fariñas y a Callava disputarse una de las columnas laterales del liceo, pudiera decir que la más gruesa, en la cual se estrellaban los ladrillos y reventaban el alumbrado, tan o más peligrosos que los tiros, porque al borracho, parapetado y desnudo en el portón de entrada, se le habían acabado las balas y agarró lo primero que encontró a mano, con tan buena suerte que junto a la acera unos trabajadores habían dejado una loma de escombros de un edificio en construcción, que le sirvió al alegre invitado para culminar su faena dominical, que era castigar el liceo y a toda su comitiva porque no lo dejaban entrar, cosa que ocurrió por un buen tiempo, en lo que esperarían por la policía montada.