Esa "cosa" es lo que hace cantar al tomeguín del pinar

viernes, 17 de octubre de 2008

Un gato melancólico y menos tuerto

Soy de las que no conoció la Zorra y el Cuervo o el Gato Tuerto en sus mejores tiempos, como se dice en la calle, de cuando el gato era gato y la zorra zorreaba en la Rampa, y nada, la razón es que no soy habanera, algo que sin duda tiene mucho que ver con la forma de caminar o la de elegir una ensalada, pero desde que llegué por los setenta a la capital me añadí al tren de los amaneceres noctambulantes, con amigos y amigas apasionados al jazz o al feeling, entre los que descargaban una pila, entre ellos Ela Calvo, una mujer imperecedera a quien he vuelto a ver anoche en toda la grandeza de su poder exquisito.

La misma voz de timbres graves, su colosal sentimiento y esa mística comunicación que sobrevuela entre el público que va más allá de los aplausos o los compromisos. La gloria eres tú, Te vi llorar, Contigo en la distancia u otras conocidas de su repertorio memorable estuvieron allí. Y lo que me vino a la mente cuando bajaron las luces y ella se hizo dueña del pequeño escenario fue pensar que siendo yo todavía una adolescente ya Ela era una estrella, hoy ya yo estoy casi a punto de anotarme en el club de los 120 años y para la dama del sentimiento nada ha cambiado ni en su voz, ni en su imperio escénico.

Ya no suelo visitar con frecuencia estos sitios nocturnos, salvo cuando los amigos o amigas de aquellos y estos tiempos vienen a Cuba a ver a sus familiares, es entonces cuando saco los vestidos, aquellos brillos y las banalidades que de otra manera se enternecerían en el closet. Mis viejas amistades siempre regresan a tomar algo prestado de las nostalgias pasadas, como ahora que Marisela vino desde España, o Sonia desde Bélgica, para lagrimear entre copa y copa con un buen boleron cubano y rociar con nuevas angustias al viejo Gato.

Porque ningún proyecto es perfecto y aunque cada cual tiene una vida consumada siempre hay roturas en el corazón de las que no escaparemos nunca. Las escucho y pienso que son las dos de la mañana y afuera La Habana celebra carnavales. La Piragua, el Malecón, Paseos, lechón asado y comparsas. ¿Se habrán imaginado qué sucedería si a todos los cubanos les gustara el feeling como les gustan los carnavales?

Creo que a este gato habría que pasarle la mano hasta el rabo sobretodo si levantaran las restricciones de los viajes y llegaran avalanchas de turistas deseosos de conocer y de gastar su dinero en La Habana. Lo digo por detalles como el agua que no circula bajo la fuente del legendario puentecillo de madera de la entrada, y en su lugar hay un hedor desagradable a espumosa cerveza ya digerida y embalsamada.

Pero con el espectáculo está todo bien, eso sí, y con el resto de quienes lo acompañan, el lujo de escuchar a el Guajiro en la batería, a Caramelo en el piano y a William en el bajo es inigualable, también a Magda la mulata, y hasta a la neogeneración de David Torrens quien llegó con su estilo graund a interpretar a un Bola inolvidable, para terminar haciendo el dúo de la noche con la Sonia emigrada. Yo se que elucubrar libando alcoholes tropicales no toca claxon, por lo que dejó entonces algunos próximos sueños a la buenaventura del aire para seguir remediándonos a través de las melodías de Ela Calvo.

1 comentario:

Casi Ángel dijo...

Melancólicamente bello...
A propósito, hace muchos años tuve la suerte de conocer Cuba y su gente, y les he dedicado con humildad un poema. Dejo aquí el link de otro de mis blogs, regalando un pase libre a mis recuerdos:
http://poeticario.blogspot.com/2006/09/cuba.html
Espero que te guste!