Por Elsie Carbó
ecarbo@enet.cu
Pocas veces
pensamos en qué es la ética y cómo puede formar parte de nuestras vidas. Les
pongo el ejemplo de un pasaje de una novela brasileña Cosa más linda, recién
estrenada los sábados en nuestra tv, y que viene al caso porque cuando el
crítico de música declina la invitación de la dueña a pasar al local y ocupar
una buena mesa reservada, obviando hacer la fila y pagar su entrada, está
dejando muy claro su mensaje de que no admite ser sobornado si tuviera que
emitir un criterio incómodo sobre el negocio. Y eso es una posición ética ante
la vida. Muy plausible si lo vemos como un principio indeclinable para
cualquier profesión, sea en la prensa, dirigente o funcionario público, en las
que tendremos que poner por delante esos valores asimilados, que muchas veces,
son aprendidos en el devenir de la existencia, porque ni escuelas, ni
universidades tienen cátedras para enseñar tales principios.
La ética en el
periodismo es la base de la formación de los que abrazamos la profesión como una
forma de vida, es decir la verdad por encima de cualquier cuestionamiento o
compromiso, pero eso solo se asume por espontánea decisión en virtud de una
voluntad de servir con honor. Quizás la primera vez que escuché hablar sobre
ética fue a aquellos improvisados profesores en la escuela de corresponsables
de Juventud Rebelde finalizando la década de los 60, improvisados porque venían
de diarios como La Tarde, o La Marina, y nunca habían dado clases en sus
antiguas redacciones, sin embargo, asumieron la tarea que le daba la nueva
dirección con mucha seriedad y diplomacia, me gusta mencionar a Orestes Cabrera
en sus clases de tipografía, con aquel su fino humor para describir lo que no
le gustaba, o a Guillermo Lagarde, quien a su pesar resultó un maestro de varias
generaciones de periodistas, aunque hosco y regañón, no le hacía gracia que lo tacharan
de maestro, sin embargo, en virtud de esas clases se forjaron muchos de los
jóvenes que más tarde elevaron al periódico a etapas prominentes en el panorama
nacional, quienes me lean saben bien de lo que hablo, no solo quienes tuvieron
en sus manos la conducción del periódico como Angel Guerra, Luis Camejo, Jorge López o Jacinto Granda, por
mencionar solo algunos de aquella etapa, sino los que con la máquina de
escribir dejaron la crónica diaria como constancia de lo que ocurría en un país
en Revolución.
Ahora se celebra
un aniversario más de Juventud Rebelde, y me parece justo rememorar aquellos
provisorios cursos que se organizaban para formar corresponsales, algunos, como
Ramón Brizuela aún todavía están activos en sus provincias, otros, como yo,
luego de 40 años asumimos la jubilación, con y sin nostalgia, pero si me
preguntan creo que también eso es parte de la ética del periodismo, no
renunciar a escribir nunca dondequiera que estés. Aquellos cursos y después las
maestrías para hacer las carreras universitarias de periodismo fueron el
embrión de los que es hoy Juventud Rebelde, no podría describir en unas pocas
palabras la mezcla de sensaciones por las que una pasaba al saber que ibas a
hacer la carrera universitaria y trabajar, si así se decidía, en tu provincia
de origen, o en la propia redacción, que para ese entonces radicaba en Prado,
frente al mismísimo capitolio, en lo que fuera el antiguo diario de La Marina.
Empecé con el
ejemplo de una novela para hablar de ética, pero más que eso quería rendirle
homenaje a aquellos que colaboraron con la formación de los periodistas en
varios cursos de corresponsales, cinco, si mal no recuerdo, por donde
pasaron Soledad Cruz, Lázaro Barredo,
Maritza Barranco, Amado de la Rosa, Nelson García, Aldo Madruga, Xiomara
Hernández, Jacinto Granda, Mireya Ojeda, y otros que me perdonarán si no los
cito, pero como el más visible era Lagarde, en su condición de experto en el
lead no hallo términos medios. Nunca escatimaba epítetos ni coletillas para
señalar los errores o equívocos en los que se incurriría por la falta de eso
que llamamos ética en el desempeño de la profesión, tal vez pocas veces
pensamos en qué es la ética y cómo puede formar parte de nuestra existencia, e
irremediablemente tengo que evocar sus palabras cuando decía que la vocación de
periodista era la más sufrida del mundo, pero también era la que más emociones
y momentos imperecederos te depararía en tu carrera por la vida.