Cualquier detalle, algún viejo zapato, el reloj antiguo o una jicotea de río sirven para las donaciones
Salvador recorre con los amigos la parte casi terminada de lo que será en el futuro algo así como una escuela de arte para los muchachos de la zona
La idea es aprovechar esa parte donde el derrumbe de un edificio se perfilaba desde tiempos remotos
Habrá aulas para aprender escultura, pintura, cerámica, grabado, música y hasta danza, todo con la colaboración gratuita de amigos de todas partes
Lo interesante es que en este proyecto Salvador trabaja sin descanso desde hace 21 años, ninguna pared se permite el deterioro, ninguna pintura se descascara
El 23 vendrán muchos amigos a la celebración de todos los años, por aquí han pasado desde la orquesta sinfónica naciona hasta los poetas y percusionistas más connotados
Guaguancó, columbia, abakuá y yambú son los platos fuertes dominicales, no quiero ver qué ocurrirá si a la participación del público le aplicaran un cóver aunque sea en moneda nacional
El primer año se celebró con la akuona de Cuba Merceditas Valdés por eso la galería de Salvador lleva su nombre
Siempre hay un misterio que desentrañar, un güije por descubrir o un mito en el callejón
Al toque de una campana ya están acostumbrados los vecinos
Julito Cabrera murió de VIH en Miami. La noticia me llegó por Facebook como suele ocurrir actualmente con los sucesos relevantes. Siempre tuve la esperanza de verlo personalmente y sentarnos para recordar los tiempos de cuando éramos más jóvenes y trabajábamos en Juventud Rebelde. Recuerdo que él ambicionaba ser un brillante cronista deportivo como Bobby Salamanca o Eddy Martin. Tenía solo unos veinte años pero poseía la agudeza y la ética que se necesitan en esta profesión.
En todo este tiempo he llevado una pena íntima en el corazón que me hubiera gustado compartirla con él, pero como ya no podré hacerlo solo me queda ofrecerle disculpas a nombre de aquellos trabajadores del diario que tan atroz lo trataron en los irrefragables mítines de repudio de los 80. Es una deuda de la memoria, porque si vas a ver las paradojas de la historia, te encuentras que ya de aquellos trabajadores que fueron convocados a los mítines casi ninguno está vivo, han muerto de cáncer, embolia o pulmón, o están viviendo sus nuevas vidas en Miami, Alamar o en Japón, olvidados seguramente de las palizas que propinaron, o de las toneladas de huevos que lanzaron en La capital.
Así es de contradictoria la vida. A Julito lo llevaron con la de palo. Su apartamento en el Vedado se convirtió en un infierno hasta el último día de su salida del país. Sin agua, sin luz y sin gas mientras duró el papeleo en inmigración. Megáfonos, huevos o piedras ante su puerta y bajo el balcón. Puesta en escena de grandes cartelones donde se leía la palabra maricón. Hasta donde sé jamás sus preferencias sexuales fueron un obstáculo para su trabajo en el comité de base, entonces ¿cuál era la causa para tanto desprecio por su decisión?
Por eso pensé que con más empeño le debo esta crónica a su memoria, y aunque no soy de las místicas que piensan que un dios allá arriba castiga o perdona inexorablemente, sin cultivar odios o roñas trasnochadas, algunas veces en mis pensamientos instalo la idea de que la vida tarde o temprano les pasa la cuenta a los hachepé que van por el mundo haciéndole la vida un yogurt a la humanidad. Y eso, al menos, me hace dormir tranquila.
Escuché una parodia a las Brigadas Conrado Benítez, aquellas que llevaron la alfabetización a muchos sitios de Cuba, y de las que la juventud de los sesenta formó parte desde San Antonio a Maisí, pero por más que he querido pasar por alto mi estupor ante la agreste cancioncilla, aún sus obscenidades escandalizan mis sentidos y me ha dejado un extraño dolor en el alma ver cómo pierden valor aquellas cosas que en otra época inspiraron a una generación.
Fue una joven estudiante la que me dijo que esa “música” la tienen grabada “casi todos” en sus celulares, de lo cual intuyo que me he perdido unas cuantas cosas al estar de espaldas a la moda actual e ignorante de las imitaciones musicales en móviles y demás dispositivos contemporáneos, que hoy mandan en la vida de la juventud.
Soy de aquella generación que alfabetizó en las montañas del Escambray. Una medalla, un farol y muchos recuerdos me acompañarán para toda la vida, junto a la imagen del viejo Pablo Muñoz y sus lápices llenos de tierra recién arada en el surco, como él, sus bueyes y sus olores a maíz tierno impregnando el bohío al amanecer y el vetusto radio de pilas donde sonaba constantemente la marcha de los brigadistas Conrado Benítez.
No era más que eso en el corazón y mis 16 transgresores y encrespados años. Pablo aprendió en breve a poner su nombre. Había pasado más de sesenta años sin saber escribirlo y no desperdició aquella oportunidad que le dio la vida. También pudo leer los títulos de los libros, las cartas de su familia o los letreros en las calles del pueblo.
Creo que desde donde esté estará agradecido. Por eso me sentí agredida al escuchar la parodia en el celular vecino pero no pude hacer otra cosa que voltear la espalda y marcharme. El hombre que en la guagua me preguntó “si me encontraba bien”, nunca se imaginaría que fue una simple cancioncita la culpable de que me pusiera a llorar.
Por Elsie CarbóLos cubanos y las cubanas vivimos una dinámica de vida única en el planeta, sobre esto pensé al asistir este domingo a una conferencia del Doctor en Ciencias de la Universidad de la Habana Esteban de Morales, que versó acerca de los problemas raciales en la sociedad.
Me puse a pensar porque con este calor que padecemos, la inescrupulosa hora de las 3 de la tarde que escogieron para el tema y la penosa situación del transporte, dada la lejanía de la reunión que era en La Lisa, hay que tener una buena justificación para permanecer más de 4 horas sentada voluntariamente en una silla plástica.
Pero tengo que decir que en mí primó la expectativa por escuchar y ver a una de las personalidades más admiradas en el panorama político público actual, no solo por sus artículos donde critica la corrupción, y que le valieron la expulsión de las filas del Partido, sino por ensayos, libros y estudios sobre diferentes tópicos de la racialidad y su historia, entre otros, por lo que supongo que a los demás invitados también le funcionó la misma seducción.
Asistí invitada por Tato Quiñones, uno de los miembros fundacionales de la Cofradía de la Negritud, algo que podrá sonarle inusual a muchos pero no es nada más, ni nada menos, que una forma de juntarse en La Habana para discutir evidentes problemas raciales que molestan en la actualidad, como tantos otros casos, pero que no vienen a estar en el orden de esta reunión.
Si, porque cuando se pensó que ya todo estaba bien al haber creado una Federación de Mujeres Cubanas para defender los derechos de las mujeres no se tuvo presente que el negro también necesitaría una organización, al igual que ahora Mariela Castro abogó por el reconocimiento de los homosexuales, que también lo han necesitado, pero en aquel momento se dio por sentado que el racismo ya estaba muerto y enterrado, y que con solo ondear aquella frase de Martí que se refiere en un todo al hombre sin mirar su color, desaparecerían las diferencias y los prejuicios.
Pero no todo es tan sencillo y la realidad ha sido otra, de eso trató la conferencia del economista y politólogo, a la que le siguió una sabrosa y candente discusión por parte del público, mayoritariamente joven y negro, que sin obviar la parte anecdótica del problema, aprobaron la idea de elevar a las instancias del Parlamento cubano muchas de las opiniones vertidas en el cónclave.
Había leído muchos de los artículos publicados por Esteban Morales en distintos sitios y páginas Web relacionados con las políticas actuales de la Casa Blanca y otros de disímiles tópicos, sin embargo, lo mejor ha sido escucharle, no solo por ser el profesor, el catedrático o el maestro, sino por ser ese ser humano pausado, sin aspavientos o soberbia, que cuenta sus vivencias de niño humilde, provinciano y negro.
_! Cuidado con eso! Dijo: "no se equivoquen, eso sí era racismo"
También recordó que si no hubiera sido por un profesor del colegio en Cárdenas que conocía a su padre, la beca que había obtenido por sus brillantes notas casi la pierde cuando supieron que era de una familia pobre y no blanca.
En fin, que ya al filo de las siete de la noche repartieron la merienda y nos marchamos, unos, con varias ideas más definidas de cómo influir en el entorno actual que nos rodea para combatir el racismo, y otros, como yo, tratando de divulgar estas cosas, para que se conozca de qué se trata la recién fundada Cofradía de la Negritud.
En la enmarañada urdimbre de rumberos cubanos de todas los tiempos, cuando se menciona a Chavalonga, es como invocar lo máximo, sin que nadie se moleste o se ofenda, porque Mario Dreke, fue el Maestro de varias generaciones musicales y quizás, el último exponente de una época de grandes artistas que vistieron de esplendor la rumba.
El legendario personaje del barrio Atarés, fundador del emblemático Conjunto Folclórico Nacional, amigo de Rita Montaner, Chano Pozo y el Benny Moré, quien asombraba por la ligereza en sus piernas, sus impresionantes figuras danzarias en la columbia, que conquistaron igual en Broadway o en Belén, no dejó seguidores ni herederos y ahora en el barrio solo a los amigos se los ve entrar por sus calles, a pie o en carro, viejos y jóvenes, músicos e intelectuales, abakuás o investigadores, para nostalgiar sobre aquellas épocas de baile y canto, de litúrgicos bembéses y guaguancós románticos, en los que Chavalonga era un rey.
La verdad que Chavalonga se perdió la era de Internet. Qué digo Internet, también la televisión y el cine, su rutilante vida y milagros quedaría solo entre los amigos, como para decir que la gloria y el olvido sería el título del todo adecuado para él, como lo fue también para otros grandes difuntos como Virulilla y Saldiguera, el dúo de oro de Los Muñequitos de Matanzas, o el Tío Tom, y otros tantos rumberos, cuyos nombres han pasado a formar parte del panteón de los olvidados, sin que mediara ni un simple diploma para agasajar sus talentos, como si la rumba tuviera que pagar ese alto precio por su origen solariego y negro.
A los genuinos portadores de esos valores culturales donde quiera que se encuentren se les debe hacer justicia, no son palabras desconocidas, se las ha escuchado muchas veces en la demagogia de un discurso y hasta se han publicado en panfletos, como constancia de que existe una intención de voluntad dispuesta para estos menesteres, sin embargo, en eso se queda solamente, y la realidad nos lleva a preguntarnos cuál es la misteriosa razón para que la música de un percusionista cubano como Chano Pozo se divulgue y se conozca solo en el extranjero.
Una triste historia común a muchos artistas cubanos que solo son recordados por la ficción popular, trasmitida de generación a generación por la tradición oral, sin que las instituciones oficiales los hayan tomado en cuenta o reconocido por sus aportes al patrimonio musical del país. Para ellos no se han hecho los reconocimientos o las medallas. Habría que preguntarse, ¿Serán estos olvidos involuntarios?.
Chavalonga, el conde Bayona, Julián, el guerrero, Caballerón, Chano, Sagua, Roncona, Eulogio el Amaleano, Andrea Baró, Malanga ya están muertos, pero ¿qué no hubiera hecho un Ray Cuder si los hubiera visto improvisar en su tiempo? Tal y como hizo con un Compay Segundo, un Ibrahím Ferrer o un Rubén González, si el tipo volviera con su varita mágica seguro los redescubriría de nuevo de entre los olvidados que aún no están muertos.
Ayer fui a ver la película José Martí, el ojo del canario, que por estos días se ha estrenado en las salas de Ciudad de La Habana y, con toda franqueza, superó mis expectativas.
Ese no es el Martí que yo he llevado siempre en mi mente, fruto de imágenes, textos y estatuas de mármoles. El José Julián que aparecería en la pantalla se presentó ante mí como un descubrimiento, que no por desconocido es menos intenso, solo que éste del cineasta Fernando Pérez se me revela como un ser humano verdadero, con todos los defectos, frustraciones, temores y noblezas que cualquier niño u adolescente puede tener, lejos del endiosamiento de un individuo que a pesar de que estuviera por encima de su generación, se nos presenta de carne y hueso, real e impresionable, con defectos y virtudes, miedos y silencios, impregnado de esa temeridad a que el cineasta nos tiene acostumbrados después de Suite Habana o La vida es silbar, tan premiadas por la crítica y agradecidas por el pueblo.
La película nos muestra el entorno familiar en que se desenvuelve la vida de Martí, las relaciones con sus hermanas, con Leonor, la madre, y Mariano, el padre, quién marcaría para siempre la existencia del hijo por su ética y aquel porfiado sentido de la justicia a pesar de la disparidad de ideales. Si tuviera que señalar uno de los momentos más exaltados del filme diría que es cuando Martí expone en medio de una exaltada discusión en clase sus ideas de la libertad de opinión y de la democracia para Cuba.
Ahí está, por supuesto, la impronta de José María Mendive quién también se nos aparece con ese aire fascinante del maestro que fue en su época, un tiempo para nada balsámico o justo, donde la recreación de situaciones junto al vestuario es de sensible rigor para comprenderla. Viendo la encarnación de este personaje tan cercano a Martí me preguntaba, ¿qué habrá sido del bebé que le nació en plena guerra y que aparece arropado en sus brazos mientras los españoles golpean con furia a su puerta?
Nada, hay que verla, que la ficción se nos confunde con la realidad y nos advierte que el arte siempre nos salva a pesar de los avatares.
Actualizando la Web del semanario Opciones su noticia principal me removió los recuerdos por la foto del Casillero del Diablo que trae su primera página. A decir verdad me encanta ese vino, pero ahora es solo por la asociación mental que me trae sobre una triste historia que me contó una gran amiga chilena.
Guillia Escobar fue una de las tantas mujeres que se establecieron en Oslo después del golpe de estado a Salvador Allende, aún era casi una adolescente cuando llegó sin familia y con el corazón roto al país nórdico que acogía a los exilados, atrás había dejado al Conejo, su gran amor desaparecido durante la triste época de Pinochet, y del que jamás tuvo noticias en casi 30 años, excepto cuando el gobierno de la Bachelet le comunicó que habían encontrado la fosa común donde había sido enterrado.
Ya muy enferma, en el 2007, partió a Chile a reencontrarse con aquel pedazo de su existencia que le habían quitado, me dijo que no llevó otra cosa al cementerio que una botella de Casillero del Diablo que colocó sobre su tumba como homenaje póstumo al revolucionario, porque fue con un vino de esa marca con la que ellos brindaron la última noche que lo vio con vida.
No tengo el verdadero nombre de El Conejo, o lo olvidé, si es que Guillia me lo dijo esa noche en aquel restaurant en Oslo celebrando con una garrafa de buenos recuerdos sobre la mesa, pero se bien que en algún registro secreto y remoto donde se almacena la vida y milagro de los que han luchado por algo en el mundo está el expediente del revolucionario, quizás sea aquí en Cuba, si hasta a La Habana vino ella a buscarlo varias veces.
Por eso yo mirando la foto que acabo de montar en la Web pienso que es una lástima que ese vino chileno sea tan caro para los cubanos, pues de lo contrario brindaría por los dos más a menudo con un Casillero del Diablo.
Le dedico a ella este post a Guillia porque me hubiera gustado que lo leyera.
Después que murió de cáncer el año antepasado alguien me escribió desde Oslo contándome que en aquella etapa en que fue apresada por pertenecer a la resistencia le infringieron torturas físicas de las que tampoco nunca pudo reponerse en el interior de su cuerpo.