Esa "cosa" es lo que hace cantar al tomeguín del pinar

jueves, 6 de octubre de 2016

Un ciclón siempre trae agua y recuerdos




Elsie Carbó


Con esto del huracán se me revuelven los recuerdos, no puedo dejar de sentir un miedo que me eriza la espalda, igual que me ocurría cuando tenía que meterme en aquel refugio anticiclones que mi papá hacía debajo de la mata de tamarindo en la finca, era tan grande que cabían bancos y sillas, tenía una escalera forrada con tablas que cuando subías o bajabas daba la impresión que estabas mareada, todo era emocionante menos el olor a tierra mojada que aún hoy tengo impregnada en mis sentidos,  nos alumbrábamos con lámparas improvisadas de luz brillante y faroles, y nos poníamos botas para no sentir la humedad del suelo empapado en agua. Hasta Magdaleno, el guajiro que vivía cerca de la casa iba con toda la familia porque la suya era de guano y temía que se la llevara el viento, recuerdo que eso me encantaba porque con él llegaban Iraida, Ovidio y Tute, los muchachos con los que habitualmente jugaba en los naranjales, pero ese día el retozo no estaba permitido, nos sentaban juntos en los bancos y nos cogíamos de las manos, mi mamá preparaba chocolate y comíamos las galletas en silencio, era una aventura inolvidable que yo esperaba cada temporada en los anuncios meteorológicos de Millás, el capitán de Corbeta que daba los partes radiales,  aún así me moría de miedo cuando cerraban la tapa del refugio y anunciaban que el ciclón iba a pasar por el cielo.  
Pero esos refugios no solo le sirvieron a mi familia para protegerse de las tormentas, también nos valieron después para guarecernos de aquellos aviones que como tiñosas sobrevolaban los bateyes en busca de los rebeldes, yo los veía por los resquicios de las tablas del refugio y aún me da pavor ese recuerdo, eran negros en el azul del cielo y daban la sensación que flotaban silenciosos entre las nubes, uno de ellos fue el que ametralló la carretera frente a mi casa cuando Nelsito regresaba del colegio, a él no le ocurrió nada, salvo el susto que pegó corriendo como perro que lleva el diablo, pero más adelante en el poblado de Rafaelito dicen que mató a una vieja, tal vez algunos coterráneos  testigos de esa época tengan su nombre en la memoria, el olvido a veces ni perdona las leyendas, que si vienes a ver, ella sería la primer víctima del ejército de Batista en el pueblo.
 Ahora ya es otra la vida, pero la amenaza de destrucción y daños no ha cambiado de rumbo. Nunca más he vuelto a ver a mis amigos de la infancia, de ellos solo supe que Iraida había muerto, que  Ovidio era oficial de las Fuerzas Armadas y del Tute, el más chiquito no sé nada, nunca más he tenido noticias, tal vez siga trabajando en la finca el Tablón, en Cumanayagua, o esté fuera de la comarca con una familia numerosa y una hermosa casa, pues creo recordar que ese era su mejor juego desde que era niño, le encantaba jugar a ser el padre y se le iluminaban sus ojitos azules con las láminas escolares, me alegraría mucho que así fuera porque no hay nada más reconfortante que un sueño realizado, a pesar de los avatares de la vida y de los ciclones.










lunes, 26 de septiembre de 2016

En el 56 Aniversario de los CDR

Tomada de Cubadebate,  creación de los CDR en 1960, antiguo Palacio Presidencial. Foto: Liborio Nodal



Elsie Carbó
grillosazules@gmail.com

He perdido la cuenta de los años que llevo asistiendo a las reuniones del comité, como también he perdido la cuenta de los tantos comités en los que he militado. Empezando por el de la fundación original allá en Cumanayagua, en 1960, donde me estrené como adolescente bajo la mirada abarcadora de mi padre, elegido como presidente del Eladio Machín, del Escambray en el llano, y si no es que me mudo de nuevo,  terminando en el número 8 de la circunscripción 47, en Nuevo Vedado. De allá acá ha llovido mucho y son bastante las anécdotas, los olvidos de los nombres, las guardias, los acontecimientos agradables y los aburrimientos, pero ninguna reunión me ha dejado tan sorprendida y a la vez agradecida, como la de anoche en mi cuadra, ese comité donde espero quedarme anclada para siempre, y dicho así  suena como una amenaza, pero no, solo es un neologismo para adornar la página. Me refiero al CDR de la calle 3ra, donde se tomó la decisión por unanimidad de no hacer la tradicional actividad conmemorativa del 28 de septiembre, o sea, no habrá ese día fiesta, no se cocinará la caldosa familiar ni se picará el key,  al menos por esta vez, así quedó acordado. Se dejará entonces, a disposición de quien los solicite, los usuales ingredientes que se entregan en bonos para compras de cabezas de puerco, patas o costillas, dulces, refrescos y rones, y tal vez en festejos futuros, digamos el fin de año, haya un mejor espíritu en el barrio, y no como ahora que la pena ante la pérdida de algunos compañeros queridos en el barrio y los innegables achaques de los fundadores ha impedido que el buen el ánimo de los vecinos vuelva a tener la misma intensidad que en otros años.

Es que este es un cederre que ya sobrepasó los sesenta años hace rato, y los que no tienen una enfermedad crónica o están cuidando a los que sufren dolencias de cuidado, como es el cáncer, la diabetes o los traumas por roturas de cadera o piernas, o padecen el lógico cansancio de la edad. Parafraseando a Neruda digo que nosotros, los de entonces, que solíamos ir con energía y entusiasmo a comprar las viandas y las cabezas de puercos para hacer en medio de la calle una caldosa, ya no somos los mismos, quizás conspiró en que tampoco la juventud  ha estado presente en esta ocasión en que se necesita una sangre fresca para renovar las ausencias, por ejemplo, la doctora de la cuadra está en Angola cumpliendo una misión solidaria, algunos tienen turnos de trabajo y otros han migrado del país en busca de otros horizontes, es así de sencillo y claro, como lo planteó Sonia, la sempiterna presidenta, que ha elevado al comité a la categoría de mejor y más destacado en el trabajo de la circunscripción, y eso utilizando siempre su mejor arma ante cualquier tarea, como esa noche ante la concurrencia, con la sinceridad como testigo, por eso me resultó admirable esta mujer, que sin dogmas ni prejuicio llamó al pan pan y al vino vino, tal como lo hace cuando va a hacer entrega de una medalla o cuando muestra ante la masa a los nuevos miembros que se han mudado recientemente, como esa noche en que se presentó a Liuba María Hevia, sin su guitarra en la mano pero con su sonrisa natural, al igual que ayer fue Rogelio Blaín, o después, yo, que también hicimos nuestro rutilante arribo al barrio.
Quizás el hecho no signifique nada para algunos que han visto pasar por debajo de la mesa más de un aniversario en silencio y sin que sonara alguna nota musical en el entorno, es cierto, no vamos a ir muy lejos, pues sabemos que hay comités que ni se reúnen, y tampoco para nadie es un secreto que nuestra población envejece y junto a ella la salud y las costumbres se modifican, algo que entra en la categoría de la dialéctica del vivir, sin embargo hay cosas que permanecen siempre inmutables y forman parte de ese acerbo cultural intrínseco en las personas decentes, que algunos se empeñan en llamar política y a mí me gusta decir ética, me refiero a ese respeto hacia los vecinos tan necesario en estos tiempos, mostrado por Sonia al llamarlos a todos para juntos aunar opiniones y llegar a un acuerdo viable, y fue unánime, la misma en voz de la ama de casa que la del funcionario del INDER, habrá más aniversarios, hay un futuro para otras celebraciones, y para este con tan solo una cena íntima, una bandera en cada casa, o una remembranza vivida, se le habrá dado el justo espacio que lleva implícita en nuestra memoria los grandes momentos de nuestra generación.

sábado, 13 de agosto de 2016

En el sillón del olvido

Por Elsie Carbó

Todavía los patitos no han cogido la fila.

Lo siento por aquellos que esperan mis descargas.








En el sillón del olvido

Por Elsie Carbó

Voy a sentarme a esperar que mis patitos cojan la fila para que mis neuronas al fin se enfoquen y pueda  escribir un bendito post








martes, 14 de junio de 2016

De la croqueta al picadillo de soya






Elsie Carbó

No soy muy buena cocinera ni cosa por el estilo, pero presumo al decir que he logrado jambergues apetitosos con el picadillo de soya aderezándolo con hojas de albahaca y tallos de apio triturados. En eso estaba hoy, preparando algo para el almuerzo cuando me tropecé con una entidad un poco rara en el contexto, independientemente de su olor característico, como ustedes habrán notado aunque no le demos importancia, pero ahora esto se trataba de otra estructura, que no era ni hueso, ni cartílago, ni plástico, ni masa. Tampoco pude deducir si se trataba de algo frecuente como una pezuña, o un casco, deseché también que guardase relación con vísceras palpables o cuero encurtido, más bien el ente subrepticio era totalmente inédito, inexplorado, ignoto. Pero como soy bastante dada a las verificaciones en busca de las respuestas precisas, lo puse ante el hocico de mi perra Lucky, devoradora insaciable, quien lo olfateo dos, tres veces y se retiró angustiada, luego llamé a Angelina, me dije, una stekel (salchicha) no va a despreciar este bocado, pero tampoco le hizo swing, aturdida ante la sorpresa fui presa de la duda de si tirarlo a la basura o engavetarlo, por la inevitable imagen de una legendaria croqueta que aun guardo entre mis remotos recuerdos. La croqueta que el viejo Francisco Cano inmortalizó en Juventud Rebelde durante la década de los 70, salvando la distancia, y que sirvió de ejemplo para develar otros inusitados fenómenos de la materia, afirmando con ello que el tiempo ni la transforma, ni la destruye, solo la momifica.
La verdad que esa historia suscitó hasta reyertas sobre las leyes de la física cuántica en la redacción del diario. Y para algunos solo se trataba de un viejo resentido y pecaminoso. Cuando eso estábamos en Prado, trabajando en el inmueble que fue el diario de La Marina, con todo lo que estuvo dentro, incluido algunos personajes como el viejo Cano, quien fuera titulista del extinto matutino, él junto a otros profesionales se habían quedado en la redacción para brindar sus conocimientos a la pléyade de jóvenes que veníamos de provincia para aprender las nuevas formas periodísticas, demás está decir que al viejo se le respetaba pero se le temía por sus irascibles acotaciones y sus cáusticas bromas, como esa de guardar en una gaveta durante años una croqueta y mostrársela a todos los visitantes, como un trofeo de la consistencia que puede lograrse utilizando ingredientes inusuales en la alimentación nacional. Me pregunto entonces, este cuerpo incógnito que encontré en el picadillo de soya podría tener, de cierta manera, alguna relación con aquella croqueta momificada?