Esa "cosa" es lo que hace cantar al tomeguín del pinar

miércoles, 3 de abril de 2019

Mujeres babalawos?


El artículo que aquí les comparto fue publicado en el ya lejano 2005. Sin embargo, dado el asombro con que se ha tomado la existencia de mujeres Iyaonifá o babalawos en Cuba, considero importante azuzar el debate, y de paso indagar qué ha sido de la protagonista de esta historia, ahora al calor de debates actuales sobre el no sacrificio de animales en los rituales religiosos, tema del que hablaré próximamente.


Por Elsie Carbó

…Él fue avisado que las puertas de la casa de Orúnmila están abiertas para sus hijos e hijas y ninguno esta impedido de cruzar el umbral… (Proverbio de un poema del Odú de Ifá, Otura-Iroso)

Transgresoras, profanadoras o vanguardistas. Desde el 2000, al menos, hay mujeres Iyaonifá en Cuba. Un tema que a puesto en pie de guerra al Templo Ifá Iranlówo, de Los Sitios, y la Sociedad Cultural Yoruba, de La Habana Vieja. La noticia circula de boca en boca en las calles habaneras y en las Casas de Santo. ¿Tendrán los babalawos que buscarse otro trabajo? Algunos prefieren pagar en dólares.

Nidia Aguila de León es una mujer cubana que ha sido consagrada como sacerdotisa de Ifá en la religión Yoruba, o sea, Iyaonifá, que es como homologarlas al mismo rango de aquellos hombres que han recibido la investidura de babalawos o sacerdotes de Ifá, un hecho que ha puesto sobre el tapete la remota polémica sobre si las mujeres pueden o no aspirar a esta condición, sin ser repudiadas y hasta señaladas como profanadoras de los mandamientos de esa religión.

Pero ¿quién puede ser esta mujer que supuestamente ha roto un dogma fundamental de la Regla cubana de Ocha Ifá, sin importarle el correspondiente castigo físico y espiritual que advierte el Consejo de Sacerdotes Mayores de Ifá?, ¿Por qué llegó hasta esta consagración y cómo se desenvuelve en su entorno familiar, social y devoto?. Eso es, en definitiva, por humano y legítimo, lo más importante dentro del conflicto.

Quizás Nidia Aguila de León nunca imaginó la repercusión que su audacia suscitaría en muchas juntas de babalawos, y en líderes religiosos que no solo se circunscriben a Cuba, según dan fe ciertos documentos, tal y como le ocurriría en el pasado, a una Flora Tristán y otras tantas mujeres, que a lo largo de estos siglos se han erigido en luchadoras por la igualdad de la mujer, pero eso no importa tanto, lo fundamental es que Nidia está convencida de que con su acto no ofende a nadie, y continuará fiel a aquellas remotas tradiciones que los seguidores de los lukumises trajeron a esta parte del mundo, a pesar de los inconvenientes y reprobaciones que encarará por ser transgresora en su época.

Sin intención de hablar de las razones que puedan tener las partes en pugna en sus alegatos y demandas, por ser algunas de orden religioso, solo pretendo mostrarlas en su esencia para que el lector tenga referencia del tema que ya ha tomado las calles con algazara de noticia, porque Nidia ha protagonizado un hecho audaz y vanguardista, ante la mirada de los que han visto durante siglos, oficiar como líder solo al hombre.

Ella sabe que está en el centro de un conflicto que ha puesto en pie de guerra a dos ramas de la santería cubana, la Sociedad Cultural Yoruba, en La Habana Vieja y el Templo Ifá Iranlówo, de Los Sitios, adonde pertenece, pero piensa que su espíritu no flaqueará ante lo que le depare el futuro, porque confía en que ambas entidades tienen el derecho a discrepar, a decir lo que piensan y a llegar, por medio de análisis y reflexiones, al camino más sensato en la búsqueda de lo justo y lo más honrado para la religión que profesa desde hace 24 años.
 
LOS SITIOS
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Nidia vive en la ciudad que Alejo Carpentier llamó de las columnas, pero que también puede ser denominada de las celosías, los portales, el saludo, el desgaste y la reparación, la familiaridad, la tristeza y la sombra, el olor de los solares… En ella están casi todos los grandes monumentos y los vendedores de fritas, los comercios, los conventos y las iglesias, los parques, las sombrillas, las arcadas, esa irrefragable vida humana.

Caminar por Los Sitios es andar por calles estrechas y desembocar en amplias plazas de arquitectura colonial e histórica, que alberga a más de un millar de edificios que se remontan al siglo XVI, pero para llegar al hogar de Nidia hay que olvidarse un poco de estas imágenes de la literatura y adentrarse en un antiguo inmueble, remontar escalones y recovecos hasta dar con la pequeña estancia interior, que muy poco concuerda con la visión romántica del escritor del siglo.

Mujer blanca, hermosa aún en su joven madurez, sin afeites ni lujos, no parece tener arrepentimientos o temores, a pesar de la carga emocional que implica tener a una parte de la comunidad creyente opinando que es una herejía su sacramento, y otra que lo considera como un acto consecuente y merecido.

Lo primero que me llamó la atención en Nidia fue su rostro sereno y paciente. El tono de su voz encuentra el punto exacto para hacerse escuchar, aunque en ella prima mucho más la timidez que alguna huella de protagonismo egocéntrico o provocador. Es de breves respuestas y ademanes finos, no interfiere cuando otros me cuentan acerca de las vicisitudes y gozos enfrentados en la crianza de sus cuatro hijos, sin embargo toma la iniciativa para recordar que a los 18 años comenzó a tener conocimientos sobre la santería, a pesar de que sus padres no profesaban ninguna religión.

_Fue por mi esposo que abracé la fe, él sí venía de una familia creyente. Afirma.

Nidia es habanera, de pura cepa, como se dice popularmente, por eso no me costó mucho esfuerzo encontrar en los alrededores a personas que la conocieran desde su juventud. Amigos y amigas, vecinos cercanos, creyentes y ateos, que ven en ella a una mujer con un gran sentido de la solidaridad, al no negarle un favor a nadie, y mucho menos cuando sabe que alguien está necesitado o enfermo. Nada, que lo resumen todo con esa frase de buena gente, con que diferenciamos en buen cubano a las personas que nos rodean.

Vive en ese mismo edificio de la barriada de Los Sitios desde que se casó hace 24 años con Víctor Betancourt, babalawo, y presidente del templo Ifá Iramlówo, en la misma zona.

_Hace trece años que me hice Yemayá. Dice Nidia, a quien la rodean dos de los cuatro hijos de su matrimonio, y ya de 

hecho estoy ante una pareja de babalawos que vive bajo un mismo techo, unida no solo por las cosas cotidianas del amor, sino también por el trabajo religioso, situación que implica una modificación del pensamiento, porque lo que se consideraba imposible hasta hace poco, hoy, se ha revelado como un irreversible acontecimiento, aduciendo que este paso sitúa a Víctor en una posición insólita, al trabajar con una Iyaonifá en su propia casa.

¿Estamos tal vez en presencia de una revolución religiosa en el conglomerado de los yorubas? Pregunto, y Víctor afirma que sí, que el hecho es trascendental e histórico, y me explica que con toda confianza delega en su esposa muchas funciones propias de su rango cuando él no puede estar presente. Y aclara además, que Nidia no es la única cubana que ha recibido esta consagración. Añade que también “este año una venezolana fue a Matanzas a hacer Iyaonifa”.

¿Entraña esta derivación de funciones algún inconveniente entre la masa de creyentes?

_Quizás ahí se localicen algunos de los problemas que enfrenta una sacerdotisa de Ifá a la hora de trabajar, según me explica el propio Víctor, quien ejerce desde hace más de 20 años en ese culto, pues no hay una costumbre en la población practicante de ser consultada por una mujer y esto, desde luego, conduce a un distanciamiento, que en muchos casos puede ser temporal, si una vez que sean atendidos por ella salen satisfechos. Afirma.

_Son prejuicios que no vienen en la mayoría de las veces de los hombres, sino de las propias mujeres, que no aceptan ser registradas por otra mujer, porque hay un recelo al no existir antecedentes, refiere Nidia, y relata anécdotas recientes de personas que han llegado hasta ella por curiosidad, y que luego, espontáneamente, han hecho una buena labor de divulgación de su trabajo ante el resto de la población practicante que la mira desconfiada.

Recuerdo que el Consejo de sacerdotes de Ifá de la Sociedad Cultural Yoruba consideró a propósito de la iniciación de Iyaonifá en Matanzas, que las mujeres no deben ser engañadas haciéndoles creer que las han iniciado en los secretos profundos de ifá, porque “el protagonismo en Ifá no está concedido a las mujeres”. Y fustigan a quienes violan estos mandamientos y lo mercantilizan.

Víctor me remite a una respuesta suya, posterior a ese artículo, donde expresa que existen muchos espacios vacíos dentro del sistema ritual en cuanto a conceptos y ceremonias, y postula, en otro párrafo, “que sus tendencias religiosas siguen las tradiciones de las regiones de Lagos, Ilé Ifé de Nigeria, y el sistema de trabajo de los descendientes de los lukumies del siglo pasado”. Agregando que en su templo “no han afectado ni económicamente, ni moralmente a nadie y mucho menos a los detractores, pues no ha existido ingerencia alguna en sus políticas religiosas”.

El factor económico siempre está presente en cada acto o ritual de la santería, aunque nunca se mencione, siendo para no pocos adeptos un incentivo apreciable el iniciarse en su membresía, por eso me es inevitable traerlo a colación ahora, bien porque es motivo de curiosidad en unos y objeto de señalamientos subversivos en otros, ¿Qué precio tiene que pagar una mujer por hacer Iyaonitsa?.

_Unos 7000 dólares pagó la venezolana que te mencioné que fue a Matanzas a recibir su consagración”. Afirma Víctor, pero eso está en dependencia también de otros factores, por ejemplo, hay personas que solo pueden ofrecer una merienda sencilla, porque no tienen más posibilidades, y todo se hace sin ningún problema, aunque sí hay que pagar las cosas que son obligatorias. Tampoco tiene que ser en dólares.

Se refiere a Alba Marina, quien en junio del 2004 vino a Cuba, específicamente al reparto Simpson, en Matanzas, para recibir la envestidura. De esta venezolana se ha divulgado que es la primera mujer consagrada en Ifá en América, sin embargo, hay otras publicaciones que dicen que la primera en el mundo fue una norteamericana en el 2003. A Nidia Aguila de León, solo la precede por unas horas María Cuesta Conde, cubana también y del mismo templo Ifá Iranlówo, pues la ceremonia de ambas se celebró el 19 de mayo del 2000.

Nidia cita el caso de esa norteamericana D´Haifa Yeye Araba Agbaye de Ifé, quien también suscitó en el 2003 enconadas discusiones procedentes de personalidades religiosas internacionales, quienes se pronunciaron por la toma de medidas disciplinarias contra la Iyaonifá, sin que hasta el momento se sepa que hayan llegado a ningún acuerdo definitivo. Ella, de hecho, es también una mujer de la vanguardia.

 Recientemente la Asociación Española de Ifá, con sede en la ciudad de Valencia, preocupada tal vez por las batallas verbales e impresas entre Concilios, hizo un pronunciamiento en septiembre de 2004, donde expresa que “son respetuosos del derecho de cada país u organización a tratar a sus ciudadanos y/o miembros de la manera que estime pertinentes, siempre que ello no constituya una violación de los sagrados Derechos Humanos y de las personas en general, entre los cuales se encuentran la discriminación de género (o de sexos), en cuyo caso nos consideramos, (se refiere a la AESI) con el derecho a criticar tales hechos por tratarse de un asunto de interés universal”.

Pero ¿Cuál es el temor a que la mujer sea Iyaonifä? Nidia confía en que se puede luchar contra esas parcelas amuralladas y misteriosas donde se abroquelan clases, sectas o sociedades que esgrimen textos bíblicos, códigos secretos y sentencias orales milenarias, para impedir que la mujer logre una posición a la altura espiritual del hombre.

Ella comparte la opinión de Víctor de que existe un temor “a que haya un cambio socio religioso tradicional y se establezcan las normas docentes sobre un estudio metódico de Ifá, entonces la mayoría de los babalawos tendrían que buscarse su sustento en la agricultura, como sepultureros o cazadores de cocodrilos en la Ciénaga de Zapata”.
¿Se podría afirmar que la mujer es superior al hombre cuando funge como Iyaonifá? Estoy segura que Nidia podría hablar de su confianza en el triunfo sobre las aprensiones de los celosos guardines de dogmas y preceptos, que solo ven a la mujer como esposa, madre y ayudante en las actividades religiosas, y por supuesto, sobre los que duden de que ellas puedan cambiar el mundo, pero ante esa pregunta prefiere el silencio, no obstante, su esposo opina que a ellas les es dado el don de la espiritualidad.

Creo que mi última pregunta a lo mejor no hubiera tenido respuesta de haberla formulado, al menos por ahora, en que los ánimos están caldeados y no se cuela por la rendija ni una luz. Pero me queda la duda ¿Qué ocurriría si se les niega la entrada a las sacerdotisas en determinadas ceremonias y rituales que han sido a través del tiempo solamente prerrogativas del hombre, digamos por ejemplo, en la apertura del año, donde se saca la letra que regirá al mundo creyente durante los doce meses en curso?.

Cuatro años no es mucho tiempo para una mujer que ha sabido esperar. La diferencia radica en eso precisamente, en tener la sabiduría de hacerlo, algo que las mujeres hemos aprendido desde niñas como la tabla de sumar. Nidia sabe que aún como aquellas legendarias capitanas que encabezaron las luchas por los derechos y la igualdad de la mujer, a ella le esperan sorprendentes acontecimientos. Su cruzada contemporánea tal vez le exigirá grandes sacrificios en el futuro, pero puede sentirse satisfecha de que ya se hable con mayor flexibilidad sobre las mujeres sacerdotisas de Ifá en el mundo. Inexorablemente, nadie podrá detener el curso de la historia.

jueves, 7 de febrero de 2019

Lo que hace la diferencia


El doctor Martín Gil (Tito) a la izquierda junto a un miembro de su equipo médico

Por Elsie Carbó

No acostumbro a las lisonjas ni los encomios. Creo que sobran cuando se cumple normalmente con el trabajo que corresponda a las personas de bien en sus profesiones o cargos,  quienes me conocen lo saben, sin embargo, hay distancias entre los que cumplen con lo que les toca, y aquellos que, ponen siempre algo más de su interés y rubrican siempre su quehacer  en la vida con una ética superior. Les voy a presentar un buen ejemplo en el doctor Luis Manuel Martín Gil, cirujano, quien trabaja en el policlínico universitario Rampa, en el Vedado capitalino.


La historia es que fui a ver al médico por una dolencia  que me estaba molestando más de la cuenta. Había comenzado por una apacible espinilla que requería de la intervención adecuada pues no desaparecía ni con las sucesivas manipulaciones o los remedios caseros que erróneamente le apliqué. De acuerdo, entonces fui remitida a cirugía menor, en dicho policlínico, donde  trabaja desde el 2008, el doctor Luis Manuel, más conocido por Tito, como le suelen nombrar los amigos. No me gustaría que esta crónica se viera como una tarea asignada o una estadística más de apologías para la institución de la salud, estoy muy lejos de eso,  se trata sencillamente de hacer honor a los verdaderos valores que deben engalanar la existencia de los seres humanos, sobre todo cuando tienen la vida y la salud de sus semejantes en sus manos, pues bien, llegué al policlínico y fui atendida sin dilación por Tito el cirujano. Quedé complacida y asombrada, al notar que él mismo me señaló el día y la hora para efectuar la operación. Confieso que me impresionó la rapidez de la gestión y más aún su cordialidad, siendo yo una desconocida paciente  en aquella abarrotada sala de espera del salón. Escucharlo hablar con aquella amabilidad, ver la atención con la que se enteró de mis explicaciones y mis miedos, y después su sencillez, la libertad de su sonrisa y la seguridad con la que me dijo que no tenía nada que temer, realmente hace pensar que ya de por sí una atención tan encantadora nos podría hacer sentir que habremos ganado el reino de los cielos, eso sin mencionar que a la siguiente semana regresé para verificar realmente que en un santiamén aquel molesto grano desaparecería de la faz de mi rostro como por arte de magia.
Así es la razón de esta historia, por eso le debo al doctor Martín Gil, estas pocas letras para agradecerle su labor en ese equipo médico y su excelencia como ser humano. La manera con que sin la más mínima muestra de superioridad o pedantería trata a sus pacientes es ya de por sí un rasgo personal que hace el contraste entre lo ético y el desierto. Y no solo lo digo por mi experiencia,  ya escuchaba de antemano los elogios en la sala de espera cuando varios pacientes se referían a Tito con gran entusiasmo, calificándolo de buen cirujano y chévere persona. Es que en su consulta siempre hay pacientes que se fijan en todo y agradecen cuando un galeno les inspira confianza, son individuos que acuden para atenderse en cirugía menor, periférica, o en otras especialidades como la de oncología de piel, para las cuales, la experiencia de este médico, su dedicación y su popularidad entre los colegas, los amigos y pacientes, es lo que  determina a fin de cuentas el valor de la diferencia.


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domingo, 3 de febrero de 2019

Inocencia: necesaria, conmovedora


  
Tomada de Internet

Por Elsie Carbó

Inocencia es la cinta del cineasta cubano Alejandro Gil que cuenta los sucesos relacionados con el fusilamiento en 1871 de ocho estudiantes de medicina cubanos a manos de las autoridades coloniales españolas, y es un momento de la historia nuestra nunca antes abordado desde el séptimo arte, y yo diría que también mal reflejado en nuestras vidas como ciudadanos porque después de conversar con jóvenes, estudiantes y amigos, que ya dejaron de ser tan jóvenes, me doy cuenta de lo poco que sabemos acerca de estos hechos, o lo que es peor lo olvidado y lejano que están en el tiempo, justo que al enfrentarlos en una película tal parece que nos sorprenden por primera vez.

 Es una obra humana, necesaria y conmovedora, para crear en el espectador sentimientos encontrados que nos dejan ver que a pesar de la distancia de aquellos hechos podemos sentir el dolor y la rabia como si estuvieran ocurriendo frente a nosotros, en nuestras familias, con nuestras propias amistades como víctimas. Repudiamos a los asesinos y la corrupción extrema que se muestra, y lloramos por los asesinados. De ahí la catarsis,  el silencio, los aplausos, las lágrimas. Con un elenco de lujo y un guión llevado a la perfección, Inocencia debe pasar por cada una de  nuestras casas para que ni la abuela se pierda ni uno solo de sus momentos, por no decir cada plantel de estudio, cada colegio, si tenemos en cuenta que acceder a los libros, donde se supone que está la historia, ha sido relegado por las nuevas tecnología y es más raro encontrar a los estudiantes en las bibliotecas que en un parque accediendo a la wifi, entonces hay que darles la historia en hechuras como estas, y bien contadas, como ha hecho Gil.

La incorporación a la historia tiene otras novedades como es la participación de los abakuá en la defensa de los estudiantes, tal vez los únicos que hicieron algo para impedir el fusilamiento,  paradójico, como se ve en la película, que mientras la sociedad de la época se mantuvo indiferente fueron los negros los que se enfrentaron a los soldados. Y si discretamente se ha reconocido este gesto de una hermandad como la ñáñiga y se ha colocado una tarja en una acera al costado del hotel Sevilla, para de alguna manera homenajear a aquellos que dieron su vida un 27 de noviembre por defender a los estudiantes de medicina, no es menos cierto que a esos homenajes les falta visibilidad y fuerza, lo digo porque solo asisten miembros de algunas potencias abakuá, colaboradores, convidados a través del boletín electrónico La Ceiba o el Observatorio Crítico, amigos de los amigos y los transeúntes, que por curiosidad se asoman al ver el grupo y escuchan los toques.

Hay más detalles de los que me gustaría hablar de esta reciente entrega cinematográfica, sobre todo las que tratan de la búsqueda de los cuerpos de los ocho estudiantes de medicina 16 años después de ser fusilados, la investigación de Fermín Valdés Domínguez, acusado también pero ileso de aquel macabro sorteo, aunque condenado a seis meses de prisión en el mismo proceso, y el honorable discurso pronunciado por el español Federico Capdevila en la defensa de los jóvenes ante aquel tribunal, que ya los había condenado antes de entrar a corte. Soy solo una espectadora que agradece una película como esta y humildemente felicita a sus realizadores y a los actores que intervienen, pues figuras de primera línea en la actuación cubana, como Héctor Noas, Fernando Echavarría o Caleb Casas, completan la obra de este director, ellos son junto al guión de Amílcar Salatti, lo mejor que estaría pasando en la cinematografía contemporánea del país.

miércoles, 16 de enero de 2019

Jilma Madera: La gloria y el olvido






Por Elsie Carbó
Hace mucho tiempo quería contar la impresión que me causó la escultora del memorable Cristo de La Habana, Jilma Madera, cuando la conocí allá por la década de los ochenta del pasado siglo, en lo que pudiera llamar el ocaso de su vida. Hay muchas vivencias que tengo de aquellas visitas a su casa en 10 de Octubre, donde vi una buena parte de sus bocetos, proyectos inconclusos, retratos personales y sus aplazados ídolos en yeso, pero no creo que logre del todo ponerme de acuerdo con mis apuntes y los recuerdos, porque faltaría espacio para reseñar el torrente en la vida de Jilma como mujer y como artista. Tenía una personalidad carismática e irrefragable que faltaría la sintaxis para poder dar una idea de su poder existencial. Por otra parte siento molestia ante algunas incongruencias publicadas después de su muerte, ocurrida el 21 de febrero del 2000, en lo tocante a la misteriosa ausencia de los ojos del Cristo de La Habana, donde en algunos textos se le atribuye a un deseo de ella de que permanecieran vacíos porque no se verían en la distancia, pero sobre esto les diré lo que ella me comentó en aquella oportunidad, solo que antes me gustaría apuntar que lo peor de todo fue el injusto ostracismo y la invisibilidad en que vivió esta mujer durante mucho tiempo, sin que se le diera la justa valoración al hecho de haber elaborado entre otras obras, el busto de José Martí, que luego se colocó en el Pico Turquino, donde aún permanece para orgullo de los cubanos que llegan a contemplar su cima. Y digo lo peor que le ocurrió a Jilma a pesar de ser un referente en el universo de las artes plásticas, es haber sido desconocida para la mayoría de los cubanos, aislada y callada, sabiendo que muchas de las jóvenes generaciones que miraban admirados la colosal estatua del Cristo de La Habana, colocado en Casablanca, ignoraban quién había sido la autora de esta poderosa imagen, independientemente de que las agencias internacionales del momento la distinguieron con honores en su inauguración el 25 de diciembre de 1958,  reseñando en sus páginas que Jilma Madera, era la primera y única mujer escultora en el mundo en acometer tamaña proeza. Una gloria que aún se mantiene vigente a pesar de los olvidos.
Quizás el lado más desconocido de esta artista fue su agitada vida personal que la llevó desde muy joven a salir fuera de Cuba, unas veces para cursar estudios, otras para representar sus obras, algunas para seleccionar los materiales con que las elaboraba, como ocurrió con las 320 toneladas de mármol de Carrara que escogió en Italia para su Cristo habanero, una y otra vez ella subía a un avión para dar los toques finales o el acabado, de ahí que me confesara que había renunciado a la idílica idea del hogar feliz en virtud de su trabajo, algo que amaba con pasión, aunque con eso no dejaba cerrado el capítulo del amor porque ese sentimiento irradiaba todo lo que hacía. A todas estas, mientras el mundo giraba en la mirada de esta artista el país se preparaba para los radicales cambios que vendrían gestándose desde el llano y las montañas, estaría al tanto Jilma de lo que ocurría en Cuba mientras disfrutaba su carrera social o supervisaba qué materiales utilizaría y cuáles no?
_Siempre mi obra estuvo ahí, era Cuba. Ahí está mi Martí, en retratos, en mármol o en yeso. Dijo. Y es cierto, solo hay que ir hasta la Fragua Martina y admirar el frontispicio del propio recinto. Jilma era una mujer Martiana. Muy apegada a sus principios nacionales y patrióticos. Y agregaría además que también dejó su obra emplazada en diversos lugares y países como Puerto Rico, Estados Unidos... y otros.
Entonces, que misteriosos recovecos del poder la minimizaron y solo después de muerta se vea muy débilmente reflejada o reconocida su importancia para la cultura del país donde nació? La prensa de la época la fotografiaba en Italia, adonde había permanecido a pie de obra casi todo el tiempo desde que inició la preparación del Cristo, brindaba entrevistas y era asediada no solo como artista de la plástica, sino por su deslumbrante belleza, ante la cual, caían rendidos de admiración hasta los más indiferentes líderes. Fue una leyenda que las revistas y agencias se encargaban de manipular a su antojo cada vez que se corría la voz de que algún príncipe había sido rechazado por la cubana escultora. La BBC era quizás la que se mantenía más fiel a su ética periodística al reseñar en sus páginas el acontecimiento, no tanto por los 24 metros que mide la estatua, porque hay registradas unas cuantas mucho más altas que el Cristo de Jilma, sino por el hecho de ser ella la primera y la única mujer en haber cincelado en mármoles blancos de Carrara una obra de tal envergadura, y eso era digno de figurar no solo en las primeras planas de la prensa, como un récord absoluto, señores, que aún está invicto en el universo de las artes plásticas de Cuba y del mundo.
Pero después de revisar cuidadosamente las listas y publicaciones entre las décadas 40 y 50 del pasado siglo, tal vez el período más fructífero de Jilma, porque es cuando además del Cristo termina el busto de José Martí, que está como ya dije, actualmente colocado en el Pico Turquino, y otras piezas más sobre intelectuales, poetas o patriotas, me sorprende ver que en algunas listas que citan las de mayor tamaño no aparece el de La Habana. Es su karma o la persigue la mala suerte? Ya no hay preguntas. Veo que está el Cristo Rey del Cubilete, en Guanajuato,  México, inferior en tamaño al de Jilma, que mide 24 metros, o el francés Christ-Roi des Houches, que solo lo excede por un metro, o lo iguala el Cristo de La Misericordia, de 24 metros en San Juan del Sur, en Nicaragua, el resto que verifiqué varían en tamaño o técnicas usadas hasta llegar al que se conoce quizás como el de mayor altura que representa a Jesús, y está en Cochabamba, Bolivia, y mide 40, 44 metros y se le conoce como el Cristo de la Concordia y se inauguró en 1994. Es visible desde gran parte de la ciudad, y es una obra de concreto y hormigón armado que yace sobre la Serranía de San Pedro, y hablando de las técnicas empleadas, recuerdo que Jilma varias veces en su conversación hacía hincapié en que su Cristo estaba hecho en mármol de Carrara y había utilizado la técnica llamada al hueso, algo que quería apuntar con vehemencia, puesto que no era una práctica, al menos no muy utilizada en la época, y mucho menos que existieran en el país otras trabajadas del mismo modo, a lo que tengo que decir que tampoco entre las señaladas en lista encontré ninguna elaborada con dicha técnica, pues siempre se referían al hormigón armado, los bloques de cemento, concreto o prefabricados in situ, pero nunca hacían alusión a esa forma de trabajar la arcilla, como solía afirmar Jilma.
Con Jilma era muy fácil reír y sentirse a gusto, su casa era un cataclismo de fantasmas, de silencios, los yesos, moldes, herramientas y figuras en blanco que imponían temor si te adentrabas en los corredores del viejo caserón, era una mujer llena de bosquejos, y misterios, extrovertida y apasionada, aún en aquel ocaso de su vida sedentaria y casi doméstica, en la que se deshizo de valiosos obsequios, como jades, porcelanas, o joyas costosas, que le fueron enviados desde distintas latitudes como tributos a sus encantos y a su don para el arte, pero que ya en su barrio de 10 de Octubre no le servirían para sobrevivir. No obstante ella había asumido estoicamente aquel destino adverso porque sabía que su legado estaría ahí para ser disfrutado para siempre. Impertérrito e inquietante, como un fiel guardián del alma de Casablanca. Ella solo expresó el pesar que sentía de que el tiempo se le escapara de las manos sin lograr los proyectos que tenía en mente para esculpir el mármol, que era su pasión elegida.
Quería dejar para último el tema de las cuencas vacías del Cristo de La Habana. Sencilla y desinhibida, la escuché hablar sobre diferentes países que conoció casi palmo a palmo como si estuviese en su natal Pinar del Río, su dominio del latín, el inglés o el francés era impresionante, mostraba fotos de las personalidades con las que tuvo amistad, o amor, nadie podría imaginar al ver la soledad de sus últimos años que una vez reinó entre embajadores, monarcas o sultanes, y muchas figuras del cine de aquellos años que se sintieron atraídos por aquella singular artista, absorbente y voluntariosa, y quisieron poner riquezas y fama a sus pies aunque ella los desdeñara. Me contó que por la época en que daba los toques finales al Cristo había conocido a un hombre que le sirvió de modelo para el rostro de la estatua, en su opinión tenía los ojos azules más perfectos, pero eso fue tal vez su error de cálculo, un desliz que la hizo querellarse con la iglesia católica en el país, que no aceptaba aquellos ojos tan vivos y seductores en la imagen del santo, al menos esa fue mi deducción cuando me contó sus desavenencias con el clero por el pecado de plantarlos en el mármol. Me dijo que al ver que la iglesia no negociaba, ella decidió entonces dejarlos vacantes. Esa es la razón, según la artista, y no otra como han querido hacer ver, por eso el Cristo de La Habana tiene las cuencas de los ojos vacías.
Jilma utilizó, según me dijo en complicidad, un modelo real para los ojos, un hombre sencillo que ella amó y quiso expresárselo de esa forma sin pensar en la posteridad. Así de franca. Lo demás queda a la imaginación, si fue cierto o no, no lo voy a poner en duda, pero conociendo lo transgresora que era para la época que vivió, estoy segura que ese hombre existió y donde quiera que se encuentre estará orgulloso de haber inspirado una obra de amor tan hermosa que perdurará en el tiempo por los siglos de los siglos. Esas serían las últimas palabras que escuchamos el fotógrafo Manuel Torreiro y yo al despedirnos de aquel mundo de glorias y olvidos, pero más que la cortesía de un adiós, nos llevábamos la imagen de una mujer, humilde y serena, sentada en aquel patio hexagonal, rodeada de helechos y tamarindos, torsos desnudos, bustos y perfiles desgastados por el tiempo.
 
Fotos tomadas de Internet